top of page
Buscar

Cerrar un poco el paraguas

  • 19 abr
  • 2 min de lectura

Actualizado: 6 may


Vivimos rodeados de más información que nunca, más estudios, más expertos, más consejos… Y, paradójicamente, también criamos con más miedo que nunca.

Un miedo discreto, cotidiano, casi educado. Un miedo que no grita, pero dirige. Un miedo que se cuela en nuestras decisiones sin pedir permiso.


El paraguas invisible

Muchos niños crecen hoy bajo un paraguas constante. Un paraguas que no protege de la lluvia, sino de cualquier incomodidad.

·         Que no se caigan

·         Que no se frustren

·         Que no se aburran

·         Que no se equivoquen

Y ese paraguas, que nace del amor, termina convirtiéndose en un límite. Porque proteger demasiado no siempre es cuidar mejor.


Cuando el miedo toma el mando

El miedo en la crianza es astuto. Se disfraza de responsabilidad, de prudencia, de “hacerlo bien”.

Pero cuando es él quien decide, suceden cosas:

·         Reducimos su autonomía

·         Intervenimos antes de tiempo

·         Evitamos riesgos necesarios

·         Llenamos cada minuto para que “no pase nada”

Y ocurre algo inesperado: intentando evitar la ansiedad… acabamos generándola.


La infancia necesita algo más que seguridad

Por supuesto que los niños necesitan seguridad. Pero también necesitan:

·         Espacio para explorar

·         Libertad para equivocarse

·         Tiempo para aburrirse

·         Confianza para resolver por sí mismos

Ahí es donde crecen de verdad. No en lo perfecto, sino en lo real.


El coste de no soltar el paraguas

Cuando todo está controlado, la infancia se vuelve más estrecha:

·         Menos iniciativa

·         Menos tolerancia a la frustración

·         Menos confianza interna

·         Más dependencia

No porque no puedan. Sino porque no les dejamos descubrir que sí pueden.


Volver a confiar

No se trata de eliminar el miedo. Eso sería poco realista.

Se trata de decidir quién conduce. Que no sea el miedo quien marque el camino, sino la confianza.

Confianza en ellos. Y también en nosotros.


Pequeños gestos que lo cambian todo

No hacen falta grandes revoluciones. A veces basta con:

·         No intervenir de inmediato

·         Dejar que prueben antes de ayudar

·         Salir sin plan, sin prisa, sin controlarlo todo

·         Permitir un poco más de riesgo (del bueno)

Pequeños gestos que abren espacio. Pequeños gestos que devuelven aire a la infancia.


Cerrar el paraguas (aunque sea un poco)

No se trata de dejar a los niños a la intemperie. Se trata de cerrar un poco el paraguas.

Dejar que sientan el viento. Que se mojen un poco. Que descubran que pueden.

Porque la infancia no necesita ser perfecta. Necesita ser vivida.

Los niños no crecerán porque todo fue seguro. Crecerán porque tuvieron espacio para intentarlo.



Tiempo de ser niños. Más tiempo fuera. Más infancia dentro.

 
 
 

Comentarios


bottom of page