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"El proyecto del "superniño"

  • 20 ene 2025
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 24 ene

Es una sensación común. Observamos a nuestro hijo realizar una tarea ordinaria —un dibujo, un movimiento en el campo, una melodía— y, de repente, proyectamos en él un talento extraordinario. En ese instante, casi sin darnos cuenta, activamos un mecanismo de expectativas que suele desembocar en lo que podríamos llamar el proyecto del "superniño".


La urgencia por detectar el talento

Todo suele empezar con una intención positiva. Identificamos un interés y decidimos potenciarlo de inmediato. Lo que era un garabato se convierte en la necesidad de clases de arte; lo que era un juego con el balón se transforma en un entrenamiento estructurado. En poco tiempo, la agenda se llena de pintura, música o robótica.

Entramos en esta carrera por un temor profundo a la pérdida de oportunidad: el miedo a no descubrir a tiempo dónde va a destacar nuestro hijo. Sin embargo, esta hiperactividad responde más a nuestra ansiedad adulta que a una necesidad real del niño. Como explica el sociólogo Frank Furedi, hemos profesionalizado la crianza hasta convertirla en una monitorización constante del éxito futuro.


El choque con la realidad de la infancia

La tensión surge cuando la expectativa choca con la naturaleza del niño. Mientras el adulto busca el progreso o el marcador, el niño a menudo solo busca el juego. En un partido de fútbol, el padre ve una competición; el niño, quizás, solo está disfrutando de la sensación del césped o de la compañía de sus amigos.

Al intentar que nuestros hijos destaquen en todo, terminamos por transmitirles una idea peligrosa: que son frágiles si no son los mejores. Paradójicamente, al querer proteger su éxito, les robamos la oportunidad de aburrirse, de equivocarse y de gestionar sus propios tiempos. La resiliencia no se construye acumulando trofeos, sino permitiendo que el niño se enfrente a la normalidad de no ser siempre el protagonista.


La necesidad de volver a lo esencial

Llega un punto en el que debemos hacernos la pregunta difícil: ¿y si nuestro hijo no necesita ser un genio?

Muchos padres experimentan una mezcla de angustia y alivio al darse cuenta de que sus hijos necesitan menos clases dirigidas y más espacios de libertad. Menos expectativas externas y más "charcos" donde probar sus propias capacidades. Al reducir la presión, el niño deja de intentar cumplir un currículum invisible y empieza a desarrollar su propia personalidad.


La liberación de criar sin competir

Elegir no competir no es rendirse, es un acto de confianza. Significa validar que un niño que juega con una caja de cartón está realizando un trabajo tan valioso para su desarrollo como el que asiste a una clase de élite.

Al soltar el podio, nos liberamos nosotros y los liberamos a ellos. Al final, no estamos formando marcas personales, estamos acompañando a personas en su camino hacia la autonomía.

 
 
 

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