Ese pequeño rato antes
- hace 2 días
- 4 min de lectura

Vivimos en un mundo que ha declarado la guerra a la espera.
Si una página tarda en cargar, nos impacientamos. Si un mensaje no recibe respuesta, sospechamos. Si el niño se aburre en una cola, sacamos el móvil. Si la comida no está lista, buscamos una galleta. Si pregunta algo, respondemos enseguida. Si se frustra, corremos a resolver.
Sin darnos cuenta, hemos convertido la espera en un pequeño fracaso. Como si esperar fuera perder el tiempo. Como si cada minuto vacío tuviera que llenarse con algo útil, divertido o rápido.
Pero la infancia necesita pequeñas esperas.
No grandes abandonos. No silencios fríos. No indiferencia adulta. Necesita esperas pequeñas, cotidianas, sostenidas por una presencia tranquila. Esperas que digan: “Sé que lo quieres ahora. Sé que te cuesta. Estoy aquí. Y aun así, puedes esperar un poco”.
Porque la paciencia no se enseña en una ficha. Se entrena en la vida.
Se entrena cuando hay que esperar a que el bizcocho salga del horno.Cuando el adulto termina una conversación antes de atender una demanda.Cuando toca hacer fila en la panadería.Cuando otro niño está usando la pala roja.Cuando el semáforo sigue en rojo.Cuando el cuento llega después de ponerse el pijama.Cuando las fresas todavía no están maduras.Cuando el cumpleaños no es mañana, sino dentro de tres semanas.
Para un niño pequeño, esperar puede ser difícil de verdad. Su deseo es intenso, inmediato, corporal. Quiere algo y lo quiere entero. Ahora. No porque sea caprichoso, sino porque todavía está aprendiendo a habitar el tiempo.
Por eso la espera infantil no debería vivirse como una batalla entre el adulto y el niño. No se trata de “ganar” ni de demostrar quién manda. Se trata de acompañar una capacidad que se está construyendo.
Esperar no significa negar. Significa poner distancia entre el deseo y su satisfacción. Y en esa distancia pasan muchas cosas importantes.
El niño descubre que puede sentir ganas sin romperse. Que puede enfadarse y después calmarse. Que puede querer algo y no tenerlo todavía. Que el mundo no desaparece porque haya que esperar. Que el adulto no deja de quererlo porque no responda al instante.
La espera, cuando está bien acompañada, enseña confianza.
El problema es que muchas veces somos los adultos quienes no soportamos la espera de los niños. Nos incomoda su queja, su insistencia, su aburrimiento, su movimiento. Nos pesa la mirada ajena en el supermercado, el restaurante, la sala de espera o el autobús. Entonces buscamos soluciones rápidas: una pantalla, una chuche, una promesa, una distracción inmediata.
Y claro que a veces hace falta sobrevivir al día. Claro que hay momentos en que todos hacemos lo que podemos. No se trata de culpabilizar a las familias ni de convertir cada espera en una prueba educativa.
Pero quizá sí podemos preguntarnos algo: ¿cuántas oportunidades de espera les estamos quitando sin darnos cuenta?
Una infancia sin espera es una infancia sin entrenamiento para la frustración. Y la frustración no es un enemigo del que haya que proteger siempre a los niños. Es una experiencia humana que necesita compañía, palabras y límites.
La vida real no funciona al ritmo de un clic. Las plantas no crecen al pulsar un botón. Los amigos no siempre quieren jugar a lo mismo. Los cuerpos necesitan descanso. Las conversaciones tienen pausas. Las estaciones cambian despacio. Las cosas valiosas muchas veces requieren tiempo.
Cuando evitamos toda espera, también evitamos una parte esencial del aprendizaje: la capacidad de sostener el deseo sin quedar atrapado por él.
No hace falta crear grandes lecciones. Basta con recuperar pequeñas escenas.
“Ahora estoy hablando. En cuanto termine, te escucho.”
“Sé que quieres el cuento. Primero nos lavamos los dientes.”
“Todavía no está lista la comida. Puedes ayudarme a poner la mesa.”
“Ese columpio está ocupado. Vamos a esperar tu turno.”“
Hoy no podemos comprarlo. Lo apuntamos para pensarlo otro día.”
“Queda un poco para llegar. Miremos por la ventana.”
La clave no está solo en hacer esperar. Está en cómo acompañamos esa espera.
No es lo mismo decir “te aguantas” que decir “sé que cuesta esperar”. No es lo mismo ignorar que sostener. No es lo mismo distraer siempre que ayudar a mirar, respirar, participar o imaginar.
A veces la espera puede llenarse de conversación. Otras, de silencio. A veces de una pequeña tarea. Otras, simplemente de presencia.
Un niño que espera en la cocina puede pelar mandarinas, colocar servilletas o mirar cómo hierve el agua. Un niño que espera en la calle puede contar bicicletas, buscar nubes con forma de animales o saludar al vecino. Un niño que espera su turno puede observar cómo juega otro. Un niño que espera un regalo puede dibujarlo, imaginarlo, desearlo.
La espera también educa la mirada.
Porque cuando no llenamos cada hueco con estímulos, aparece el mundo. Aparecen las hormigas en el suelo, las conversaciones de fondo, el olor del pan, la señora que entra con un carrito, la sombra que se mueve en la pared, el pájaro que se posa en una farola.
Los niños no necesitan que todos los momentos sean extraordinarios. Necesitan tiempo para aprender a estar en los momentos ordinarios.
Quizá por eso las pequeñas esperas son tan importantes. Porque no parecen nada. No brillan. No se fotografían. No se publican. No tienen apariencia de actividad educativa. Y, sin embargo, ahí se está formando algo esencial: la paciencia, la confianza, la tolerancia a la frustración, la atención, la autonomía emocional.
No se trata de criar niños resignados, obedientes o callados. Se trata de criar niños capaces de vivir en un mundo donde no todo llega de inmediato. Niños que puedan desear sin exigir siempre. Pedir sin romperse. Esperar sin sentirse abandonados. Frustrarse sin sentirse solos.
La vida lenta no empieza en grandes decisiones. Empieza en gestos pequeños.
A veces, amar a un niño también es decirle con calma: “Todavía no”.
Y quedarse cerca mientras aprende a esperar.
.png)



Comentarios