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Ready, steady, parent.

  • 21 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Hay una sensación que flota en muchas familias actuales: la de que siempre vamos tarde. Tarde a todo. A aprender inglés, a viajar, a vivir experiencias “clave”, a aprovechar oportunidades que —nos dicen— no volverán. Así nace y se normaliza la paternidad competitiva, un modelo silencioso pero exigente, en el que criar parece una prueba de rendimiento.

El mandato es claro: llegar antes. Inglés desde el año de vida, clases extraescolares desde que el niño apenas camina, viajes “imprescindibles” antes de cierta edad. Disney antes de los cinco. Esquí cuanto antes. Laponia, si se puede. No vaya a ser que el niño “se lo pierda”. O peor: que nosotros, como padres, quedemos rezagados respecto a otros.


En este clima, ocurre algo llamativo: los padres no solo organizan la vida de sus hijos, sino que hacen los deberes y trabajos escolares por ellos. No siempre por falta de tiempo del niño, sino por la presión de hacerlo bien, de no bajar el nivel, de no quedar por debajo. El error infantil se vive casi como un fallo propio.

Detrás de todo esto hay una idea profunda que el periodista Carl Honoré describe muy bien cuando habla del niño dirigido. Un niño concebido como frágil, extremadamente valioso, casi como una pieza única que hay que proteger, optimizar y pulir. Esta percepción no surge de la nada. Tiene raíces históricas y sociales.

Con el fin del trabajo infantil y la disminución del número de hijos, cada niño se ha vuelto más escaso y, por tanto, más valioso. A eso se suma un mundo de relaciones cada vez más inestables: parejas que se rompen, trabajos que no duran, identidades cambiantes. En medio de todo eso, lo único que parece verdaderamente “para toda la vida” son los hijos.

Así, ese ser tan valioso pasa a convertirse —sin darnos cuenta— en una extensión de nosotros mismos y de nuestro valor personal. Su éxito nos valida. Su rendimiento nos representa. Y entonces ya no podemos permitirnos ser menos, quedarnos atrás, perdernos algo importante. Criar deja de ser acompañar y pasa a ser competir.

En ese contexto, algo fundamental queda devaluado: el tiempo libre, el juego libre, el no hacer nada. Inconscientemente lo equiparamos a una pérdida de tiempo, quizá incluso a una forma de holgazanería. Exactamente igual que nos juzgamos a nosotros mismos cuando paramos, cuando descansamos, cuando no somos productivos. Metemos a los niños en nuestra propia carrera de la rata, la de la eficiencia, el rendimiento y la optimización constante.

Pero hay dos verdades incómodas que conviene recordar.

La primera: ellos no lo han pedido.

La segunda: no lo necesitan.

Los niños no necesitan agendas llenas ni experiencias premium encadenadas. Necesitan tiempo, aburrirse, jugar sin objetivo, explorar a su ritmo. Necesitan espacio para ser niños, no proyectos.

Porque llega un punto —y cada vez llega antes— en el que el niño está estresado, saturado, cansado de cumplir expectativas que no entiende. Un niño que debería estar jugando está gestionando presión. Un niño que debería explorar está rindiendo.

Quizá la pregunta no sea qué más podemos ofrecerles, sino qué podemos dejar de exigirles. Tal vez criar hoy no consista en llegar antes, sino en atrevernos a ir más despacio, incluso aunque eso nos haga sentir, por un momento, que nos estamos quedando atrás. aunque eso nos haga sentir, por un momento, que nos estamos quedando atrás.

 
 
 

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