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¿Niños enfermos o una sociedad sin paciencia?

  • 11 mar
  • 3 Min. de lectura

En las últimas décadas, el paisaje de la niñez ha sufrido una transformación silenciosa pero radical. Lo que antes entendíamos como la esencia misma del ser niño —la inquietud constante, la distracción fantasiosa, la ruidosa autoafirmación o el juego desordenado— ha pasado de ser una etapa del desarrollo a convertirse en un catálogo de síntomas. Estamos asistiendo a una patologización de la infancia que, bajo la máscara del cuidado clínico, esconde una voluntad profunda de "adultizar" a los más pequeños, sometiéndolos a los ritmos de una maquinaria productiva que no admite la diferencia.


1. Lo que hemos dejado de aceptar: El niño como interferencia

El primer síntoma de este fenómeno es nuestra creciente intolerancia hacia comportamientos que son, biológica y evolutivamente, infantiles. Hemos dejado de aceptar la inquietud motriz. En un mundo diseñado para la oficina y la pantalla, el niño que necesita el movimiento para procesar su energía es visto como un elemento disruptivo. La escuela contemporánea exige una quietud que contradice la naturaleza del desarrollo, transformando la vitalidad en un problema de gestión de aula.

Asimismo, hemos dejado de aceptar la distracción. La mente infantil es exploratoria; su atención es dispersa porque el mundo entero le resulta nuevo. Sin embargo, en la era del rendimiento, esa curiosidad se etiqueta como "déficit". También hemos perdido la capacidad de sostener la autoafirmación. El niño que dice "no", que desafía el límite para entender quién es, ya no es visto como un sujeto que construye su voluntad, sino como un paciente potencial con un "trastorno oposicionista". Como señala Marino Pérez Álvarez, muchos de estos diagnósticos son, en realidad, "invenciones" que responden a una cultura que ha perdido la brújula y medicaliza el sufrimiento cotidiano o los roces normales de la convivencia, convirtiendo problemas de la vida en patologías químicas.


2. La respuesta: El diagnóstico como mecanismo de orden

Nuestra reacción ante esta "inadecuación" infantil no ha sido adaptar los entornos, sino buscar una etiqueta clínica que "repare" al niño. Aquí es donde la patologización actúa como una herramienta de normalización. Judith Butler nos invita a reflexionar sobre cómo las sociedades crean estándares de lo que es "normal" o "aceptable". Bajo su mirada, entendemos que el sistema impone una performance de la infancia: el niño debe actuar de cierta manera (ser atento, dócil y constante) para ser considerado "sano". Aquel que no cumple con esta actuación es patologizado, utilizando la etiqueta como una "corrección" para quienes desafían los estándares de productividad que la sociedad adulta ha preestablecido.

En este punto, las tesis de Thomas Szasz cobran una relevancia fundamental. Szasz argumentaba que gran parte de lo que llamamos "enfermedad mental" son, en realidad, conflictos de comunicación o dificultades para adaptarse a demandas institucionales rígidas. Al psiquiatrizar un conflicto que es esencialmente educativo o social, el mundo adulto se exime de responsabilidad: es más fácil decir que el cerebro del niño "funciona mal" que cuestionar si una jornada escolar de ocho horas es apta para un niño de seis años.


3. La cronificación del síntoma y el borramiento del sujeto

El riesgo de esta respuesta médica es doble. Por un lado, como advierte Robert Whitaker en su obra Anatomía de una epidemia, el uso temprano y masivo de psicofármacos puede terminar cronificando comportamientos que, en otros contextos o con el paso del tiempo, serían meramente transitorios. Al intervenir químicamente en un cerebro en desarrollo, corremos el riesgo de fijar una patología donde solo había una etapa de crecimiento.

Por otro lado, la etiqueta clínica tiene un efecto devastador en la identidad. Agustina Maturano sostiene que el diagnóstico opera como un "nombre" que aplasta la historia del niño. Cuando un menor es etiquetado, dejamos de preguntarnos qué le pasa, qué desea o qué está intentando decir con su conducta, para ver únicamente un listado de criterios diagnósticos. El diagnóstico se convierte en una "identidad de carencia" que el niño arrastra, a veces, durante toda su vida.


Conclusión: Devolverle al niño su derecho a serlo

La patologización es el resultado de una sociedad que ha olvidado cómo esperar. Queremos "adultos en miniatura" porque son predecibles y funcionales. Sin embargo, al borrar lo que hace a la infancia ser tal, estamos privando a los niños de su derecho al error y a la lentitud. Revisar las tesis de autores como Maturano, Butler, Szasz, Whitaker y Pérez Álvarez nos obliga a una conclusión necesaria: a veces, el síntoma no está en el niño, sino en una sociedad que ha dejado de alojar la diferencia.

 

 
 
 

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