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Pepa Horno: la alegría que protege

18 jul
5 min de lectura

Este artículo está inspirado en Educar la alegría, de la psicóloga y consultora en infancia Pepa Horno Goikoetxea. Un libro cercano y profundo cuya lectura recomendamos para comprender cómo la alegría, los vínculos y la conexión corporal pueden convertirse en pilares del desarrollo y la protección infantil.




La alegría no es lo mismo que la felicidad

Vivimos en una sociedad que parece exigirnos estar bien continuamente. Si algo nos duele, sentimos frustración o atravesamos una etapa difícil, parece que estamos haciendo algo mal. Esta expectativa también alcanza a los niños.

Queremos que sean felices y tratamos de evitarles cualquier malestar. Sin embargo, una vida emocional sana no consiste en sentirse bien todo el tiempo.

La felicidad puede entenderse como un estado en el que las cosas marchan como deseamos. La alegría, en cambio, es una emoción que aparece, se mueve y se va. No permanece siempre, pero podemos crear relaciones y experiencias que la alimenten.

La alegría no impide que llegue el dolor. Les da a los niños energía para explorar, pedir ayuda, expresarse y atravesar los momentos difíciles.


Tres maneras de cultivar la alegría

La alegría no se enseña con discursos. Se construye en la vida cotidiana mediante tres elementos esenciales: la conexión corporal, la celebración y los vínculos.


1. Ayudar a los niños a habitar su cuerpo

Las emociones también se sienten físicamente. El miedo puede aparecer en el estómago, la tristeza puede pesar en el pecho y la alegría puede impulsarnos a correr, saltar o abrazar.

Por eso, los niños necesitan aprender a escuchar su cuerpo. Esta conexión se cultiva mediante el contacto físico respetuoso, el movimiento y la naturaleza.

No debemos abrazarlos únicamente cuando lloran. También podemos acompañar físicamente su entusiasmo, bailar juntos o sentarnos cerca mientras nos cuentan algo importante.

Necesitan correr, escalar, saltar, jugar con agua y sentir la naturaleza. A menudo interpretamos su movimiento como algo que debemos controlar, pero moverse les permite regularse, descargar tensión y descubrir sus capacidades.

Un niño lleno de energía es, normalmente, un niño que se mueve.


2. Recuperar la celebración cotidiana

Cuando pensamos en celebrar, solemos imaginar cumpleaños o acontecimientos especiales. Sin embargo, la alegría se alimenta principalmente de momentos pequeños.

El sol de una mañana de invierno, una canción en el coche, una merienda compartida, la lluvia tras la ventana o un paseo por el bosque pueden convertirse en celebraciones.

Celebrar significa detenernos para reconocer esos instantes.

Podemos decir:

—Qué gusto da este sol.

—Me ha encantado este rato contigo.

—Hoy ha sido difícil, pero este momento ha sido bonito.

No enseñamos así a ignorar los problemas, sino a descubrir que incluso en un día complicado existen momentos buenos. Esa memoria puede convertirse en una reserva emocional para cuando llegue el dolor.


3. Criar dentro de una red de vínculos

La alegría difícilmente se construye en soledad.

Los niños necesitan relaciones en las que puedan jugar, expresarse y sentirse acogidos. Necesitan a sus padres, pero también a abuelos, profesores, amigos y otras personas adultas de confianza.

Contar con una red afectiva no debilita la protección. La fortalece.

Un niño que sabe que existen personas dispuestas a escucharlo tendrá más recursos para pedir ayuda. En cambio, si le transmitimos que nadie es de fiar y que solo está seguro junto a sus padres, podemos aislarlo.

Proteger no consiste en encerrar. También significa enseñar a reconocer relaciones seguras y construir una red a la que acudir.


Los rituales como pequeños anclajes

Muchas familias creen que no tienen tiempo para crear momentos especiales. Pero no siempre es necesario añadir más actividades. Podemos transformar aquello que ya hacemos.

Los rituales ofrecen seguridad, pertenencia y alegría. Pueden ser gestos muy sencillos:

  • Una canción al despertar.

  • Un abrazo antes de salir de casa.

  • Una conversación durante el camino al colegio.

  • Bailar una canción al volver.

  • Contar lo mejor y lo más difícil del día.

  • Leer un cuento antes de dormir.

  • Dar un paseo juntos el fin de semana.

Su valor no está en que sean perfectos, sino en la presencia y la repetición.

Cuando un niño recuerde su infancia, quizá no recuerde todas las actividades extraordinarias. Probablemente recuerde la canción del coche, los domingos en la playa o las conversaciones antes de dormir.

Los rituales le dicen: «Esto es nuestro. Aquí estamos juntos».


La alegría también ayuda a atravesar el dolor

Educar la alegría no consiste en distraer a un niño cada vez que aparece la tristeza.

Frases como «no llores», «no pienses en eso» o «vamos a hacer algo divertido para que se te pase» pueden transmitirle que determinadas emociones no deben sentirse.

La tristeza necesita espacio. El miedo necesita ser escuchado. Las pérdidas necesitan ser nombradas.

La fortaleza emocional se construye cuando los niños pueden vivir una emoción difícil acompañados y descubren que cuentan con recursos para continuar.

Podemos decir:

—Entiendo que estés triste. Estoy aquí contigo.

—No tienes que atravesarlo solo.

—Quizá todavía no sabes explicarlo. Podemos descubrirlo juntos.

Un niño no siempre podrá poner palabras exactas a lo que siente. Pero ser capaz de decir «algo me pasa» ya es un paso importante.

Esta conciencia también lo protege. Un niño conectado con su cuerpo puede percibir que algo le incomoda. Si está acostumbrado a hablar de sus emociones y tiene personas de confianza, tendrá más posibilidades de contarlo y pedir ayuda.


Cuando protegemos desde el miedo

Ser madre o padre implica convivir con el temor a que a nuestros hijos les ocurra algo o a equivocarnos en su crianza.

El problema aparece cuando esa angustia dirige todas nuestras decisiones.

Entonces surgen mensajes continuos:

—No corras.

—No saltes.

—No subas.

—No te alejes.

Aunque nacen del deseo de proteger, estas prohibiciones pueden transmitir al niño que el mundo es demasiado peligroso y que él no tiene capacidad para afrontar las dificultades.

Proteger adecuadamente no consiste en eliminar todos los riesgos, sino en acompañarlos.

En lugar de decir «te vas a caer», podemos probar con:

—Mira dónde apoyas el pie.

—¿Te sientes seguro ahí?

—Estoy cerca si necesitas ayuda.

Así reconocemos el peligro sin anular su autonomía.


¿Cómo es un niño cuya alegría ha sido cuidada?

No es un niño que sonríe permanentemente ni uno que resulta siempre fácil de manejar.

Puede ser un niño que ríe, se mueve, pregunta, protesta, salta y expresa lo que siente. También se enfadará, tendrá miedo, llorará y se frustrará.

La diferencia no está en la ausencia de emociones dolorosas, sino en los recursos que va desarrollando para atravesarlas.

Sabe que puede pedir ayuda, que existen personas dispuestas a escucharlo y que una experiencia triste no borra todo lo bueno que ha vivido.


La crianza también puede ser divertida

Hablamos tanto de las dificultades de criar que a veces olvidamos decir algo esencial: convivir con un niño también puede ser profundamente divertido.

La crianza cansa, exige presencia y nos obliga a revisar nuestra propia historia. Pero junto al agotamiento existen las risas, los juegos, los descubrimientos y el privilegio de contemplar cómo una persona va creciendo.

El relato que construimos sobre la crianza también llega a nuestros hijos.

Si hablamos únicamente de sacrificio, pueden sentir que han sido una carga. Podemos reconocer el cansancio y, al mismo tiempo, transmitirles algo diferente:

«Cuidarte ha sido difícil algunas veces, pero compartir la vida contigo también es un privilegio».

Quizá educar la alegría comience ahí: no en fabricar una infancia perfecta, sino en detenernos, mirar al niño que tenemos delante y permitirnos disfrutar de su presencia.

Un abrazo, una canción, un salto o una conversación pueden parecer gestos pequeños.

Pero, repetidos a lo largo del tiempo, pueden convertirse en las reservas emocionales que acompañarán a nuestros hijos durante toda su vida.

 
 
 

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