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Niños haciendo Headstands

La infancia no vuelve

¿Y si, en lugar de adelantarnos al mañana, les acompañáramos a vivir plenamente su hoy?

Prepararles para el futuro no es acelerar la infancia

Todos los padres compartimos un deseo que nace casi al mismo tiempo que nuestros hijos: queremos protegerlos y prepararlos para el futuro. Queremos que estén seguros, que tengan oportunidades, que crezcan fuertes, capaces, felices. Es un impulso tan universal como el amor que sentimos por ellos.

Sin embargo, en los últimos años, ese deseo se ha ido transformando en algo distinto. La sociedad nos empuja a creer que la mejor manera de preparar a un niño para el futuro es acelerar su aprendizaje formal, adelantar etapas, llenar su agenda de actividades, exponerlo cuanto antes a contenidos “útiles”, “competitivos”, “productivos”. Como si la infancia fuese una carrera y el éxito dependiera de llegar antes que los demás.

 

Al mismo tiempo, vivimos en un mundo donde el miedo se ha instalado en la crianza. Sobreprotegemos a los niños en la calle, limitamos su autonomía, reducimos sus espacios de exploración, evitamos riesgos que antes formaban parte natural del crecimiento. Y, paradójicamente, los subprotegemos en casa, donde las pantallas se han convertido en niñeras silenciosas que entretienen, calman, distraen… pero también aíslan, aceleran, saturan y empobrecen la experiencia real del mundo.

Hemos creado una infancia que corre demasiado deprisa en lo académico y demasiado poco en lo vital. Una infancia vigilada fuera, pero desprotegida dentro. Una infancia llena de estímulos, pero con poco tiempo para sentir, para aburrirse, para imaginar, para jugar.

Y quizá ha llegado el momento de preguntarnos: ¿Y si preparar y proteger no fuera esto? ¿Y si lo que necesitan nuestros hijos no es ir más rápido, sino crecer mejor? ¿Y si la verdadera preparación para el futuro no se construyera adelantando contenidos, sino fortaleciendo cimientos?

La paradoja de la infancia acelerada

Vivimos en una cultura que valora la rapidez. Todo debe ser inmediato, eficiente, medible. Y esa lógica se ha infiltrado en la crianza. Queremos que nuestros hijos lean antes, sumen antes, hablen antes, destaquen antes. Como si el desarrollo infantil fuera una línea recta que se puede estirar a voluntad.

Pero el desarrollo humano no funciona así. Los niños no son proyectos. No son versiones beta de un adulto. No son recipientes que llenar de información. Son seres en construcción, y su ritmo no es un defecto: es su naturaleza.

Cuando aceleramos aprendizajes formales, muchas veces lo hacemos desde el miedo: miedo a que se queden atrás, a que no estén preparados, a que el mundo sea demasiado exigente. Pero en esa aceleración olvidamos algo esencial: lo que sostiene el aprendizaje futuro no es adelantar contenidos, sino consolidar procesos.

Un niño que juega, que explora, que se mueve, que se relaciona, que imagina, que prueba y se equivoca, está desarrollando habilidades que ninguna ficha, ninguna app educativa y ningún método acelerado puede sustituir:

  • la atención profunda

  • la regulación emocional

  • la creatividad

  • la resolución de problemas

  • la autonomía

  • la capacidad de convivir

  • la curiosidad genuina

  • la tolerancia a la frustración

  • la flexibilidad cognitiva

Estas son las competencias que realmente preparan para el futuro. Y todas nacen del juego, del vínculo, del movimiento, de la experiencia real.

La sobreprotección que limita y la subprotección que desconecta

La otra cara de la moneda es la protección. O, mejor dicho, la confusión entre proteger y evitar.

Hoy en día, muchos niños viven en entornos donde casi todo está controlado:

  • No pueden caminar solos.

  • No pueden trepar.

  • No pueden ensuciarse.

  • No pueden aburrirse.

  • No pueden equivocarse.​

Queremos evitarles cualquier riesgo, cualquier caída, cualquier incomodidad. Pero la infancia necesita riesgo, necesita ensayo y error, necesita pequeñas dosis de libertad para aprender a manejar el mundo real. Un niño al que nunca dejamos arriesgarse es un niño al que le robamos la oportunidad de descubrir su propia fuerza.

Y mientras los protegemos en exceso fuera, los dejamos expuestos dentro. Las pantallas, omnipresentes, se han convertido en un refugio fácil para todos: entretienen, calman, ocupan. Pero también sustituyen experiencias esenciales: el juego libre, la interacción humana, el movimiento, la imaginación, la capacidad de tolerar el aburrimiento.

No se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer que no puede ocupar el lugar de la vida.

Y si proteger fuera acompañar? ¿Y si preparar fuera permitir?

Quizá ha llegado el momento de cambiar la mirada.

De dejar de pensar en la infancia como un periodo que hay que optimizar y empezar a verla como un tiempo que hay que honrar.

Proteger no es encerrar. Proteger es acompañar. Es estar presentes, disponibles, atentos. Es ofrecer un entorno seguro desde el cual explorar. Es permitir que se equivoquen, que prueben, que descubran. Es confiar en su capacidad de crecer.

Preparar no es adelantar. Preparar es permitir. Es dar tiempo, espacio y experiencias reales. Es ofrecer oportunidades de juego, de movimiento, de relación. Es cultivar la curiosidad, no imponerla. Es sostener el proceso, no acelerar el resultado.

​Volver a lo esencial

Quizá proteger y preparar a nuestros hijos no sea cuestión de hacer más, sino de hacer mejor. No de añadir, sino de quitar. No de acelerar, sino de acompañar.

Volver a lo esencial. Volver al juego. Volver al vínculo. Volver al movimiento. Volver a la presencia. Volver a la infancia.

Porque cuando un niño juega, se relaciona, explora, imagina y se mueve, no está perdiendo el tiempo. Está construyendo su futuro. Y también el nuestro.

El futuro no se acelera; se construye con raíces profundas y alas libres.

Tiempo de ser niños | Crianza consciente y juego libre
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